08 marzo 2017

Las tres ciudades de mi vida

Algunas ciudades se nos meten en la vida y forman parte de nosotros, de lo que somos y de lo que fuimos. Y nosotros también formamos parte, aunque sea en muy pequeña medida, de ellas. En mi vida hay tres ciudades.

Caspe
En Caspe mi madre me enseñó las palabras de nombrar el mundo, las palabras de entenderme, las palabras con las que hoy quiero a las personas que quiero, las palabras consoladoras que me protegen del miedo y del dolor, las palabras con las que escribo. Me costó más de cuarenta años descubrir que las palabras son nuestra auténtica patria. En Caspe abrí los ojos a la vida. Quizá, por eso, busco permanentemente al niño que fui en Caspe y tengo tan vivo el recuerdo de las personas que tanto me quisieron entonces, que tanto quise y que aún sigo queriendo. Caspe era el paraíso, la tierra prometida.

Zaragoza
En Zaragoza he sido –y soy– inmensamente feliz, con una felicidad propia, construida y conquistada por mí. En Zaragoza he leído y he escrito casi todo lo que he leído y he escrito. En Zaragoza me hice ciudadano, me enamoré del amor de mi vida, levanté mi casa, nacieron mis hijos. En Zaragoza viven casi todos mis amigos. Me emociona escribir el nombre de la ciudad y pasear por sus calles a cualquier hora. Soy un defensor de Zaragoza. Quizá, llegado el caso, también sería un héroe de los Sitios que moriría en cualquier plaza por defender la ciudad. El tío Víctor, dirían, «Héroe de los Sitios». Zaragoza me gusta hasta cuando se pone en obras.

Huesca

Desde hace dieciocho años trabajo en Huesca, en el edificio de la antigua Escuela Normal de Magisterio en el que dio clase Ramón Acín, un edificio de clases amplias, que tienen techos altísimos y grandes ventanales por los que se cuela la luz del parque donde viven Las Pajaritas. Me gusta la Huesca de Ramón Acín, de María Sánchez Arbós, de Paco Ponzán, de Evaristo Viñuales, del Congreso de la Imprenta en la escuela, la Huesca en la que se enamoró Joaquín Costa, la Huesca del Museo Pedagógico de Aragón. Y Huesca es para mí, por encima de cualquier otra cosa, el recuerdo de los miles de estudiantes con quienes he compartido entendimientos y esperanzas. Al final, los profesores somos nuestros alumnos.

04 marzo 2017

El refugio de las palabras


Cuando uno se asoma a la vida de María Moliner se tiene la impresión de que todo lo que le sucedió estaba preparando, de una manera u otra, su destino como diccionarista. María Moliner no hizo un diccionario porque un buen día tuviera una ocurrencia o un capricho. Cuando redactó la primera ficha de su ‘Diccionario de uso del español’, no sabía que estaba iniciando una obra monumental, descomunal para una sola persona. No era la primera vez que redactaba fichas sobre palabras. Desde 1916, cuando estudiaba el último curso de bachillerato en el Instituto General y Técnico de Zaragoza hasta que en 1921 concluyó la licenciatura en Historia, fue redactora y secretaria del Estudio de Filología de Aragón que dirigió Juan Moneva. Aunque no pudo cursar estudios de Filología, María Moliner amaba las palabras, las mimaba, las estudiaba y las clasificaba. Trabajó en archivos y bibliotecas. Le interesaron más las bibliotecas. Mantuvo frecuentes contactos con la Institución Libre de Enseñanza, colaboró con el Patronato de Misiones Pedagógicas, redactó planes para la creación de una red de bibliotecas rurales. Ocupó algunos cargos culturales de relevancia durante la II República y la Guerra Civil. Luego sufrió la amargura de la depuración. Volvió al archivo de la Delegación de Hacienda en Valencia y en 1946 se trasladó a la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Y buscó refugio en las palabras. Recuperó la pasión por redactar fichas, tal y como ya había hecho en su juventud para el Estudio de Filología de Aragón. Según confesaba doña María en abril de 1966, en la presentación del primer tomo de su diccionario, durante quince años trabajó honradamente, sin descuidar nada. No hizo un diccionario normativo ni meramente descriptivo. Evitó los círculos viciosos en los que frecuentemente cae el diccionario de la Real Academia en sus definiciones. El cincuentenario del ‘Diccionario de uso del español’, quizá sea un buen momento para ponerlo en red. Se facilitaría así su utilización.

(Heraldo de Aragón, 1 de marzo de 2017)

13 febrero 2017

Teresa y Antonio

Yo era un hombre de diez o doce años. Antonio y Teresa rondarían los 18. Nunca hablé con ellos, pero ya entonces, quizá porque yo era pescador en el Mar de Aragón y había aprendido a estar atento a los pequeños detalles, me gustaba mirar el mundo sin ninguna prisa. No me importaba que Teresa y Villegas no supieran de mi existencia. Conocer sus nombres y saber que se querían, me situaba en una posición privilegiada. Les veía pasear, cogidos de la mano, por las calles de Caspe. Cualquiera de mis amigos me contó una historia que no olvidé nunca. A Villegas le llamó el Real Zaragoza, pero él no quiso marcharse por no estar lejos de Teresa. Entonces yo no sabía que a veces somos capaces de dejarlo todo por amor, aunque lo que haya que dejar sea algo sagrado como el Zaragoza. Cuando vi sonreír por primera vez a Teresa, entendí que Villegas no se fuera a jugar con José Luis Violeta Lajusticia, el León de Torrero, el héroe de mi infancia. Muchos años después, a principios de los noventa, tuve una compañera en el Hermanos Marx de Zaragoza que había venido de Cataluña y me preguntó si conocía a Teresa Fontoba, una maestra de Caspe. Le dije que el apellido era de Caspe, pero que no sabía quién era. Me contó que estaba casada con un chico que era futbolista. ¡Villegas!, le dije. Y sí, eran ellos. Luego me ha hablado varias veces de ella mi amigo Valentín Pinilla. Por fin, en diciembre le escribí un correo a Teresa a la escuela de Maella y aceptó mi propuesta de hacer una entrevista para hablar de escuelas rurales, para que nos contara su visión de la educación y del trabajo de las maestras. Durante este tiempo no me he atrevido a preguntarle por su novio futbolista, pero le escribí a Esther Escorihuela, profesora en el instituto de Caspe, para saber qué había de cierto en aquel cuento de mi infancia y me dijo que la historia de este cuento era, como todas las historias de todos los cuentos, completamente cierta y que Teresa y Antonio son una pareja de novela. Mañana se publica en las centrales de «Heraldo Escolar» la entrevista. Cuando la lean, enseguida descubrirán que he sido muy feliz escribiéndola por muchas razones y una de las más importantes es que he vuelto, por un instante, a aquel Caspe en el que fui niño, a aquel Caspe de luz y palabras.


            Víctor Juan

21 diciembre 2016

Un monumento a las víctimas

Presentación de Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesca, 1936-1945) de Víctor Pardo Lancina y Raúl Mateo Otal

Víctor Juan

Todos somos conscientes de que hoy, aquí y ahora, estamos viviendo un momento histórico. Gracias a Raúl Mateo Otal y a Víctor Pardo Lancina estamos participando en este salón de actos de la Diputación Provincial de Huesca de un momento que siempre será recordado. Vamos a poner palabras donde durante décadas solo ha habido silencio y olvido. Vamos a transitar por caminos desconocidos, intuidos por muchos de nosotros, y ahora perfectamente delimitados por Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesca, 1936-1945), una precisa cartografía del horror y de la memoria, de la miseria del ser humano y también de la dignidad que de vez en cuando nos caracteriza.
Raúl y Víctor son sobradamente conocidos en la ciudad, pero voy a permitirme decir dos cosas de ellos. Víctor y Raúl son dos ángeles buenos que velan en la ciudad por la conciencia de todos. No les guían más intereses que la verdad y la justicia. Y eso, en los tiempos que corren, ya es revolucionario. Estos proyectos en los que con frecuencia se embarcan les hacen perder dinero, invertir en quimeras el tiempo que les roban a sus familias, a sus amigos y a sus aficiones. Incluso es posible que estos trabajos les hagan ganar enemigos. Ellos saben –como escribía Ramón Acín- que quizá alguna puerta se les cerrará o que alguien les negará el saludo. Pero su compromiso está por encima de todas estas circunstancias.
Raúl y Víctor trabajan lejos de la academia y de sus servidumbres. Esto entraña ciertas dificultades, pero asegura que no tienen intereses al margen de la propia investigación, que sus trabajos no son un medio para conseguir otra cosa sino que son un fin en sí mismos.
Raúl y Víctor son ciudadanos, ciudadanos valientes. Ellos, con la colaboración de otras personas, han hecho de Huesca una ciudad más hermosa. Se hermoseó la ciudad cuando se le retiraron a Francisco Franco los honores que el ayuntamiento de Huesca le había concedido en los primeros años cincuenta. Por eso el dictador ya no es ni hijo adoptivo ni alcalde perpetuo de la ciudad. Lo de recuperar los regalos que en aquella ocasión se le hicieron (un escudo de oro y diamantes valorado en 16.500 pesetas de las de 1952 y un pergamino) ya es arena de otro costal. Víctor y Raúl trabajaron para hacer realidad en 2004 el homenaje a Ramón Acín y a Conchita Monrás o, más recientemente, el «Memorial a los fusilados en Huesca», el proyecto que recuerda en las tapias del cementerio el nombre de los 548 seres humanos que fueron asesinados. Si en cada ciudad hubiera media docena de personas como Raúl y Víctor, aunque nos conformaríamos con que hubiera tan solo una, tendríamos un país más justo y más decente.
Raúl y Víctor han trabajado en la redacción de Todos los nombres escrupulosamente, es decir, con honradez y rectitud, con exactitud y esmero. Han trabajado sin desmayo. Le han dedicado a este libro el tiempo, la ilusión y la inteligencia que un proyecto de tal envergadura les pedía. Por eso su dedicación me recuerda el espíritu con el que trabajó María Moliner en la elaboración de su Diccionario de uso del español y que ella misma resumía en la presentación de la primera edición con estas palabras:
«Por fin, he aquí una confesión: la autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en los detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido».
Este libro no habla del pasado. Somos lo que hemos sido. El pasado no está detrás de nosotros. El pasado lo tenemos siempre ante nosotros. Somos estos nombres y la injusticia del silencio, y el dolor y ahora también somos la luz que proyecta este libro. En 1992, cincuenta y seis años después del inicio de la Guerra Civil, diecisiete años después de la muerte del general Franco, Julián Casanova coordinó al grupo de investigadores de la Universidad de Zaragoza que publicó El pasado oculto, una gran base de datos sobre los asesinados en Aragón. Tuvimos que esperar mucho tiempo para poder escribir la relación de los otros muertos, los nombres que no figuraron en monolitos o en las fachadas de las iglesias. Aún hoy es necesario escribir sus nombres y alimentar la memoria. Muy cerca de Huesca, en Lasieso, encontramos un ejemplo evidente de estos agujeros negros por los que desaparecieron los nombres y la historia de los perdedores. En el frontal de la fachada de la antigua escuela puede leerse «Escuela Nacional Mixta…» y hay un nombre borrado. Alguien picó la piedra. Afortunadamente, sabemos que falta el nombre de Ildefonso Beltrán Pueyo, el inspector de escuelas y diputado por el Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.
Ante el recuerdo de las víctimas, ante la constatación del horror,  es imposible no preguntarse cómo fuimos capaces de estas atrocidades, cómo la gente común pudo tolerar que se asesinara impunemente a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, a sus familiares y a sus amigos… Cómo pudieron seguir viviendo conociendo a los asesinos… En No se fusila en domingo, las magníficas memorias del médico Pablo Uriel en las que cuenta cómo vivió la guerra civil en Zaragoza y Belchite encontramos la respuesta. En la gente se instaló un pensamiento perverso, deshumanizador: no son como nosotros –se repetían–, son malos, merecen morir. Este pensamiento está reflejado en la actitud de una monja joven, la hermana María, dulce en el trato con los enfermos, persona a la que Pablo Uriel conocía desde antes del inicio de la guerra y a la que consideraba una mujer bondadosa.
«La hermana María entró como una tromba. Su hermoso rostro expresaba una emoción exaltada.
-¡Ay, Dios mío! Acabo de pasar por la sala de disección; por lo menos hay doscientos muertos. ¡Es horrible! Y hasta hay mujeres y niños.
Al comprobar que todos la mirábamos, asombrados y silenciosos, se ruborizó, bajó la vista y dijo unas palabras que no se me olvidarán nunca:
-¡Dios mío! ¡Cuánta gente mala hay en el mundo!» (Uriel, 2005, 208-209).

Víctor y Raúl humanizan en este libro a las víctimas. Sabemos que tenían madre, amigos, tenían proyectos, se enamoraban, a veces estaban tristes y se sentían solos, peleaban por sus sueños. Eran exactamente igual que nosotros. Tenían una vida exactamente igual que la nuestra, transitaban por las mismas calles por las que nosotros paseamos, las calles en las que juegan nuestros hijos, por las que caminamos con prisa cuando vamos a trabajar, las calles por las que deambulamos distraídamente mientras conversamos con nuestros amigos… Hasta que no se asume que los protagonistas de la historia son exactamente igual que nosotros, es imposible entender nada.
Todos los nombres es un libro de luz y de paz.
Este libro nos devuelve el alma de las víctimas, no en su sentido metafísico sino en su sentido etimológico. El alma es la palabra sagrada. Y no hay palabra más sagrada que el propio nombre. De ahí que el nombre sea lo primero que se le arrebata a los vencidos. En los campos de exterminio a las personas se les robaba el nombre y se les otorgaba un número. Con la pérdida del nombre se evita el recuerdo, se les priva de la memoria. Eso es lo que los vencedores pretenden: borrar a los enemigos de la historia. También a los hijos de los represaliados les robaron el nombre: Katia Titania Acín, Libertad Acracia Bosque, Libertad Claver, Germinal Ubico, Humanidad Hernández…
Margalit en su libro Ética del recuerdo inicia el capítulo titulado «Recuerda el nombre» resumiendo un pasaje de Pentecots, una obra de teatro que narra la historia de un grupo de niños que van hacinados en un tren de ganado, camino del campo de concentración. Estaban tan desesperadamente hambrientos que se comieron los cartones que llevaban atados al cuello, los cartones en los que estaba escrito su nombre. Nosotros sabemos que estos niños murieron dos veces. Murieron en las cámaras de gas, murieron de hambre, de agotamiento o a causa de los golpes recibidos. Y también murió su memoria porque nadie pudo recordar su nombre. Escribir sus nombres, todos los nombres, como han hecho Raúl y Víctor es devolver el alma a las víctimas. Por eso, Todos los nombres es un libro que nos hace mejores. Y también hace mejores incluso a quienes nos niegan el derecho a la memoria, incluso a quienes no condenan los asesinatos porque creen que estos asuntos no le interesan a nadie y que no hay que revolver en la historia.
El verano pasado estuve unos días en Berlín. Me conmovió enormemente descubrir que, en el suelo, junto a la puerta de algunas casas de la ciudad vieja –lamentablemente en demasiadas casas– hay unos adoquines dorados en los que puede leerse el nombre de las personas que fueron arrancadas de sus hogares por ser judíos, gitanos, homosexuales, comunistas... No importa la razón porque no hay razón que justifique el asesinato… Junto al nombre también puede leerse el año y el lugar de su nacimiento, el año en el que fueron deportados, el nombre del campo de exterminio en el que fueron asesinados. Estos adoquines son stolpersteine, es decir, piedras con las que se tropieza. Estos monumentos individuales son una idea del artista alemán Gunter Demnig que pensó que en vez de levantar un gran monumento en recuerdo de las víctimas del holocausto sería mejor llenar las calles de ciudades de Alemania, de Polonia, de Hungría o de España… de todas las ciudades que perdieron a algunos de sus hijos en el holocausto nazi, de pequeños monumentos, de adoquines de 10 x 10 x 10 centímetros, recubiertos en una de sus caras por una chapa de latón en la que se escribe el nombre de las víctimas. Aquí vivió... y a continuación se lee el nombre de mujeres, niños, jóvenes, ancianos, médicos, profesores, comerciantes, estudiantes, obreros… personas de toda condición. Estas piedras sobresalen unos milímetros del resto del empedrado de las aceras de manera que son piedras con las que se puede tropezar, obligando al caminante a inclinarse para descubrir el nombre de los asesinados en los campos de concentración. Las stolpersteine se fabrican artesanalmente, una a una, como la antítesis de cómo se produjeron aquellas muertes. El exterminio tuvo un carácter industrial, pero la memoria se construye artesanalmente, letra a letra, palabra tras palabra. Cada Stolperstein es un monumento en forma de adoquín. Les cuento hoy todo esto porque Todos los nombres también es un monumento a las víctimas. Cada voz, cada entrada de este diccionario, es un monumento a uno de aquellos hombres, a una de aquellas mujeres que pagaron con su vida su derecho a tener ideas. Al sostener en mis manos Todos los nombres enseguida pensé en las stolpersteine porque este también es un libro con el que tropezará nuestra conciencia. Un libro de dolor y de dignidad, de memoria y de reconocimiento. Les invito a que cuando coloquen este libro en sus bibliotecas, lo hagan de forma que el lomo de los dos volúmenes sobresalga del resto. Un centímetro, o quizá medio centímetro, será suficiente. De esta forma, cuando nos acerquemos a las estanterías de nuestra biblioteca, nuestros dedos y nuestros ojos tropezarán con Todos los nombres. Y cada vez que leamos en el lomo Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesca 1936-1945) estaremos recordando y homenajeando a las víctimas que gracias a este libro han recuperado el alma.

Huesca, 20 de diciembre de 2016

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27 noviembre 2016

«TÚ ERES ANTES QUE TODO» LA CORRESPONDENCIA DE RAMÓN ACÍN Y CONCHITA MONRÁS



[JUAN, Víctor (2016), "Tú eres antes que todo". La correspondencia entre Ramón Acín y Conchita Monrás, Turia, 120, pp. 251-257.



Para entender la vida de Ramón Acín hay que tener en cuenta que uno de los pilares de su existencia fue Conchita, su compañera, su cómplice y su musa. Conchita era antes que todo. Antes que la libertad y antes que el arte. Así lo escribió Ramón Acín desde la cárcel, posiblemente en 1924: «Aquí discutimos, damos charlas y asambleas, estamos todo lo relativamente bien que se puede estar sin libertad... y sin ti, mejor dicho, sin ti y sin libertad porque tú eres antes que todo».[1]
Concepción Monrás Casas (Barcelona, 3 de noviembre de 1898 – Huesca, 23 de agosto de 1936) era hija de Joaquín Monrás Casanovas, catedrático de Literatura, que fue destinado al Instituto de Huesca cuando Conchita era una niña. Conchita completó sus estudios en el colegio de Santa Rosa. También aprendió a tocar el piano con el maestro Eusebio Coronas. Tenía intereses poco comunes entre las jóvenes de la época. Estudiaba esperanto, jugaba al tenis, le gustaba actuar en obras de teatro… Era diez años más joven que Ramón Acín, con quien se casó el 6 de enero de 1923.[2] La ceremonia se celebró en casa de Conchita, en la Plaza de Santo domingo, 8, para guardar el luto por la muerte de la madre de Ramón Acín, fallecida unos días antes.
Una valiosa descripción del carácter Conchita nos la ofrece Mariano Añoto Pola, un niño al que Ramón y Conchita acogieron en su casa como si fuera un hijo más, cuando se quedó huérfano.
«Conchita era espigada, delgada, de cuerpo armónico y atractivo, joven de rostro agradable y sonrisa feliz. Imperiosa cuando pedía u ordenaba, a veces sus ojos centelleaban ante situaciones graves. Plenamente enamorada de su marido, compartía en una estrecha unión con una entrega total, todos los problemas de este. (...) Conchita fue la heroína verdadera. Una mujer que defendió a su esposo con todas las consecuencias».[3]
Esta no fue la única ocasión en la que Mariano Añoto recordó a Conchita. Sol Acín en un artículo publicado en El Día de Aragón en 1988 recogió el testimonio de Mariano Añoto sobre Conchita:
«Recordarás algunas tardes, las más de las veces tardes de invierno, tardes frías en las que vuestro padre se había ausentado de casa. Vuestra madre nos decía: “¿vamos a la alameda? Subiremos también a Las Mártires”.
Cuando iniciábamos el paseo, el Sol, que en principio era amarillo invernal, poco a poco se tornaba turbio y frío.
La niebla surgía por el cauce del río Isuela a borbotones, envolviéndonos con su gélido vapor, y pronto nuestros alientos empezaban a condensarse con fuerza.
–A ver quién me coge –decía de pronto–, y emprendía veloz carrera. Muchas de las veces para cogerla teníamos que cercarla. Su velocidad era asombrosa. Era joven, sana y fuerte».[4]
Desde que comenzó su relación, Ramón le escribía a Conchita notas, billetes, cartas, postales, apuntes con dibujos sin otro propósito que el que tienen los enamorados cuando se escriben: decirse cómo se quieren y se extrañan permanentemente porque el tiempo que pasan juntos siempre se les hace corto. Leídas una tras otra, estas cartas son un largo poema de amor. Ramón Acín escribía apretándose el hígado o cuando le saltaba el corazón. Se apretaba el hígado para denunciar las injusticias y el sufrimiento de los más débiles, aunque sabía que se le cerrarían algunas puertas o se le negaría algún saludo[5]. Acín confesaba que era más fácil escribir apretándose el hígado, cuando le desbordaba la hiel, pero le bastaba pensar en Conchita, en su zagalica, en su gitana de la gitanería para que le saltara el corazón. Por eso sus cartas rebosan ternura, amor y delicadeza. Seguro que Conchita le contestaría, pero Ramón no guardó sus cartas con tanto cuidado como el que puso Conchita en guardar las palabras y los dibujos de Ramón. Solo han llegado hasta nosotros unas pocas misivas remitidas por Conchita. Sin embargo, sabemos que se enviaban mensajes diariamente. De la calle Las Cortes a la plaza de Santo Domingo, de la plaza de Santo Domingo a la calle Las Cortes. Y esos mensajes nos muestran la limpieza de un mundo construido con palabras, de un territorio que Ramón y Conchita conquistaron para ser juntos, para ser uno solo.
Las despedidas de las cartas también son una muestra de la complicidad y del cariño que les unía: «Siempre el mismo», «Te quiere de verdad, de verdad tu Ramón», «Mucho, mucho, mucho te quiere Ramón», «Te envía muchas cosicas tu R».«Estoy muy contento de nuestro mucho cariño, tu Ramón».
Conchita le llamaba a Ramón «chiqué», «majico», «Ramoncico mío», «nenico».
Y Ramón le decía «gitanilla», «Chiteta», «zagalica»…

Un paraíso en la calle Las Cortes
Rafael Sánchez Ventura escribió que el hogar que construyeron Conchita y Ramón en la casa de la calle Las Cortes era un «ejemplo emocionante de armonía, de elevación, de belleza, donde todo adquiría dignidad y gracia; aquel hogar de Huesca, que también fue mío, instalado en la señorial casona de anchas estancias repletas de cuadros, esculturas, estampas, viejos muebles y libros, objetos múltiples de exquisito arte popular conseguidos al cabo de los años en incesantes correrías que hicimos juntos por tantos y tantos lugares; aquel hogar animado por la inteligente alegría de Conchita Monrás, la tierna compañera de Ramón, iluminado por el radiante hechizo de las dos niñas, a tono ambas en hermosura y precoz sensibilidad e inteligencia con el ambiente de la casa; aquel hogar a todos abiertos donde el pobre tenía puesto franco en la mesa, enseñanza cordial de música y dibujo en la academia».[6]
Marianito Añoto recordaba a Conchita como la necesaria compañera para Ramón Acín. Se complementaban. No se entendían el uno sin el otro: «Conchita, a la inversa que Ramón, procuraba estar totalmente a ras de tierra. Enjuiciaba, pesaba, medía con claridad todo problema sentimental, político o económico. Gracias a ella el equilibrio material se mantenía en el hogar. En aquellos años se precisaba menos para vivir, pero en casa de Ramón Acín siempre se caminaba con adelanto de décadas y los gastos eran grandes. Conchita sabía frenar a su marido».[7]
Otro testimonio del clima que reinaba en casa de Ramón y Conchita Monrás nos lo ofrecen las declaraciones del capitán Fermín Galán en las que destaca que Conchita era la compañera de Acín. Todo era ideal en la casa de la calle Las Cortes: «Me maravilla cada vez que voy a casa de Acín. Son ideales él, su mujer y sus niñas ¡Su casa entera! ¡Acín ha encontrado la compañera! ¡Ha tenido suerte!».[8]

«Tan identificados que no podía ser más»
En 2002 Katia Acín destacaba en un encuentro con estudiantes la gran sintonía que había entre sus padres: «Mi madre era una mujer totalmente enamorada de mi padre y estaban tan identificados que no podía ser más».[9]
Conchita y Ramón tuvieron una relación absolutamente simétrica en la que tanto ponía el uno como daba el otro. Hay dos dibujos de Acín que expresan el respeto, la admiración y el apoyo incondicional que se dispensaban. En uno Conchita toca el piano en primer plano y detrás está Ramón pintando, sentado frente a un caballete. En el segundo dibujo es Ramón quien pinta en primer plano y Conchita toca, al fondo, el piano.
La identificación entre Ramón y Conchita es una constante en su correspondencia. Por ejemplo, en la carta que Ramón le envió a Conchita el 8 de diciembre de 1921 le decía que pronto serían uno, que se confundirían sus cosas y de ambos sería por igual todo: «como Conchita no es Conchita sino que soy yo y yo Conchita, para los dos por igual han de ser lo bueno y lo mediano y lo malo, si lo hubiere». Y así fue. Conchita y Ramón compartieron lo mucho bueno que hubo en sus vidas, los juegos y la alegría de las niñas, los días luminosos en la playa, las excursiones al Pirineo, la amistad de buenos amigos, los sueños de un mundo mejor. También compartieron el dolor de la cárcel, Ramón dentro de una celda y Conchita sufriendo la ausencia de Ramón en la prisión de los días vacíos. Compartieron el exilio. Ramón en París y ella en Huesca, una ciudad que sin Ramón se convertía para Conchita en un extraño lugar.
Conchita fue en todo momento la compañera de Acín. Fue su cómplice cuando Ramón se dedicaba a sus «sindicalerías»[10] o cuando era detenido y encarcelado por participar en huelgas y protestas. También compartió la voluntad de Ramón cuando, después de tocarles 30 000 duros en el premio gordo de la lotería de Navidad de 1932, Acín financió el rodaje de la película de Luis Buñuel Tierra sin pan en Las Hurdes.[11] Y también era de Conchita la generosidad que Acín tuvo con algunos amigos cuando estuvieron enfermos y necesitaron dinero. Y, llevando al extremo su amor, Conchita quiso compartir el destino de su marido cuando unos hombres convertidos en bestias lo arrancaron de su casa para matarlo.

«tú me acompañas siempre»[12]
Conchita y Ramón compartían las ideas, las aficiones y las pasiones. Ramón le decía a Conchita en una carta de octubre de 1933 que bastaba que uno de los dos amara una cosa, para que, naturalmente, la amara también el otro: «Me gusta que te guste el mar; a mí, si no me gustase, me gustaría por gustarte a ti. Y me gusta que te guste la montaña; ya sé que si a ti no te gustase, te gustaría por gustarme a mí».[13]
Juntos habían descubierto que solo importaba cómo se querían. Aprendieron que teniéndose el uno al otro, todo lo demás era relativo. Y eso lo expresaba Ramón Acín en un resumen que hacía de una carta que le enviaba Conchita en la primavera de 1922:
«Leída tu carta, voy a hacerte el resumen de ella y la mía y todas las cartas habidas y por haber (incluidas las 40 de la baraja). Resumen:
Que Ramón quiere mucho, mucho a su Conchita y que su Conchita quiere mucho, mucho, y un poquitín más a su Ramón, y todo lo demás tiene poca importancia ¿verdad, zagalica?».[14]

El humor y el amor
La primera carta enviada por Ramón a Conchita de la que se tiene conocimiento está fechada el 8 de diciembre de 1918. Se trata de la felicitación del día de la Inmaculada en la que Ramón dibujó una Luna que escuchaba como Conchita interpretaba al piano a Granados. El compositor felicitaba a Conchita desde el cielo. Su «amigo» Ramón Acín también la felicitaba y la felicitaría –le anunciaba– después de muerto desde el infierno porque «los malos artistas siempre van al infierno»[15].
A Ramón le gustaba jugar con todo. Encontramos ejemplos de este carácter cuando le pintó a su perro Tobi un bozal para que los laceros municipales le dejaran en paz[16], cuando liberó al pájaro que vivía en la jaula que más tarde ocupó una pajarita[17], cuando escribía sobre fútbol[18], cuando estando en la cárcel dibujó una palomica que todas las noches sorteaba las rejas de la prisión para besar a Conchita y a las niñas.[19] También cuando decía de sí mismo que había ingresado por voluntad propia en la orden de los predicadores en el desierto porque escribía y denunciaba asuntos que para muchos podían parecer tan nimios como la ubicación de los caballitos y los tiovivos para las ferias de San Andrés en el lugar más frío de Huesca[20]... Por eso no es aventurado suponer que quizá Ramón le pidió matrimonio a Conchita con una declaración en la que también jugaba en un momento solemne. No sabemos cuándo le envió una postal en la que había dibujado un cura junto al que Acín escribió: «Lea el otro lado»:
«Amiga Conchita:
Si me encuentra usted una novia morenica y salada y se presta este cura, me caso».
El 7 de enero de 1922 en La Tierra se publicó el reportaje titulado «¿Qué le han traído a usted los reyes?» en el que se adjudicaban algunos regalos a personas de la ciudad y en esa relación se incluía a Ramón Acín: «A Don Ramón Acín una muñeca, pero que muy gitana, que le hace olvidarse de papá Lenin». Seguro que esta fue la respuesta textual de Acín a la pregunta. Ya sabemos que Conchita hacía que Ramón se olvidara de todo. Hasta de Lenin, porque Conchita era para Ramón «antes que todo».




[1] La correspondencia entre Conchita Monrás y Ramón Acín puede consultarse en la base de datos de Emilio Casanova y Jesús Lou (2004), Ramón Acín. La línea sentida, Zaragoza, Departamento de Educación, Cultura y Deporte de Gobierno de Aragón y Diputación Provincial de Huesca. Esta documentación también está disponible en la página web de la Fundación Ramón y Katia Acín (http://www.fundacionacin.org/). Además, Jesús Lou transcribió las cartas de Conchita y Ramón en un artículo titulado «Geografía íntima de Ramón Acín», incluido en Emilio Casanova y Jesús Lou (2004), Ramón Acín. La línea sentida, op. cit.
[2] Víctor Pardo Lancina (2004), «Concepción Monrás y Casas (Barcelona,1898-Huesca, 1936)» en Emilio Casanova y Jesús Lou, Ramón Acín. La línea sentida, op. cit.
[3]  Víctor Pardo (2004), «Concepción Monrás y Casas (Barcelona,1898-Huesca», 1936) en Emilio Casanova y Jesús Lou, Ramón Acín. La línea sentida, op. cit.
[4] Sol Acín (1988) «Ramón Acín. Notas al margen», El Día de Aragón, 5 de noviembre de 1988.
[5] Ramón Acín, «El valor moral, futbolistas y futbolaires», El Diario de Huesca, 14 de diciembre de 1926.
[6] Rafael Sánchez Ventura, «En memoria de Ramón Acín», Aragón, 2, p. 3, citado por Víctor Pardo, «Una casona en la vieja ciudad amurallada», pp. 335-336 en Casanova, Emilio y Mas, Carlos, Ramón Acín toma la palabra. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial.
[7] Citado por Víctor Pardo, «Una casona en la vieja ciudad amurallada», p. 337 en Casanova, Emilio y Mas, Carlos, Ramón Acín toma la palabra… op. cit.
[8] Arderíus, J. et al. (1931) Vida de Fermín Galán, Editorial Zeus, Madrid, p. 270. Citado en Víctor Pardo (2015) «Una casona en la vieja ciudad amurallada», p. 337 en Casanova, Emilio y Mas, Carlos, Ramón Acín toma la palabra, op. cit.
[9] Emilio Casanova (2005), Katia Acín. La niña saltapias, Zaragoza, Emilio Casanova Producciones, 9 minutos, disponible en https://vimeo.com/114427490. En este corto se reproduce parte de una conferencia de Katia Acín en el Colegio Mayor Universitario Raimundo de Peñafort.
[10] Esta es la expresión que Acín utilizó en octubre de 1921 en una postal que le envió a Conchita en la que un monaguillo decía. Rogad a Dios por el bienestar social: «este monaguillo que tiene el buen deseo de arreglar la cuestión social para que Conchita esté tranquila no teniendo que ver ya (por innecesario) a su Ramón metido en sindicalerías».
[11] Víctor Pardo (2009), «Retratos de Ramón Acín, el apóstol bueno», Anuario de Pedagogía, 10, p. 88.
[12] Carta de Ramón a Conchita, 10 de diciembre de 1921. Ramón Acín estaba en Zaragoza y escribe: «Llegué perfectamente, zagalica, muy solico. Solico a medias porque tú me acompañas siempre…».
[13] Carta de Ramón a Conchita, octubre de 1933. Acín se encontraba en Madrid. Había acudido al montaje de Tierra sin pan que Buñuel estaba terminando durante esos días.
[14] Carta de Ramón a Conchita, 1922.
[15] Carta de Ramón a Conchita, 8 de diciembre de 1918.
[16] Ramón Acín, «Arca de Noé. Un loro. El Tobi. Mi gato. Libertad con arroz», El Diario de Huesca, 20 de abril de 1924. Este mismo artículo se publicó en Revista Nueva, 10 de mayo de 1924, p. 13.
[17] «Ramón Acín, el artista que es todo corazón», La Tierra, 17 de febrero de 1929, reportaje firmado por El Reportero X. : «Encerrada en una jaula vemos una pajarita de papel. Ante nuestra sonrisa contemplándola dice Acín que libertó al auténtico pájaro de carne y plumas para solemnizar el reciente centenario de San Francisco de Asís. Llamar hermano al pájaro y ser su carcelero no lo encontraba bien».
[18] Ramón Acín, «El foot-ball ni ética ni estética», El Diario de Huesca, 21 de agosto de 1924 y el ya citado «El valor moral, futbolistas y futbolaires», El Diario de Huesca, 14 de diciembre de 1926.
[19] Carta de Ramón a Conchita, 26 de julio de 1933.
[20] Ramón Acín, «Las barcas de Caronte», El Diario de Huesca, 29 de noviembre de 1917. Se quejaba Ramón Acín del emplazamiento de los columpios y caballitos en el lugar más frío de Huesca. «¿Es que no contentos con amargar a los pequeñuelos en los colegios, cortos de higiene y largos de letanías, queremos poner en sus distracciones el amargor de las dolencias y la muerte?».