02 junio 2009

Tres mujeres

El Hermanos Marx fue mi tercer destino como maestro. Había trabajado un año en Alcorisa y dos en Langa del Castillo, una pequeña escuela unitaria donde viví algunas de las experiencias profesionales más hermosas de cuantas he disfrutado.

Llegué al Hermanos Marx uno de los primeros días de septiembre de 1990 después de dar muchas vueltas por unas calles que me parecían todas iguales. No teníamos ni móvil, ni GPS así que pregunté a varios vecinos hasta que entre todos dimos con el emplazamiento de la escuela.


María Sánchez Arbós

Quiero tomar prestada una frase de una de las mujeres de mi vida: María Sánchez Arbós (Huesca, 1889 - Madrid, 1976). Cuando doña María recordaba su trabajo en la Institución Libre de Enseñanza afirmaba: “En mi contacto con la Institución aprendí más que enseñé…”.

Yo también aprendí más que enseñé durante los dos cursos que pasé en el Hermanos Marx. Aprendí de mis compañeras de Educación Infantil y del resto del profesorado del claustro. Aprendí mucho de los padres de los niños y del grupo de maestros que nos quedábamos a comer y a reír (no sé si por este orden) en el comedor escolar y luego tomábamos café en la cafetería del Tiempos Modernos. Aprendí de Paco, el conserje a quien aún saludo cada vez que nos cruzamos por las calles de Zaragoza.

Como afortunadamente no hice la mili, mi anecdotario personal se alimenta de mi relación con estudiantes de todas las edades porque en los últimos veinte años he dado clase en todos los niveles del sistema educativo. De entre las cosas que me han sucedido hay dos que recuerdo varias veces cada año, las cuento en mis clases, en alguna de las charlas que ocasionalmente doy en escuelas, se las cuento a los amigos... Las dos historias nombre de mujer.


Elisa

Elisa tenía cuatro años. Hoy será doña Elisa. Una mañana hicimos juntos el recorrido desde el puente de Santiago hasta la escuela. Ella en el Panda blanco de Ana Malo, su madre, y yo detrás, en mi viejo Renault. A veces se asomaba por luna trasera, me miraba y sonreía. Al llegar a la escuela Ana me dijo:

–¿Sabes qué me ha preguntado Elisa?

–Cualquier cosa.

–Me ha preguntado que dónde vivías y yo le he explicado que no muy lejos de nuestra casa. Luego me ha preguntado que con quién vivías y le he dicho que con tu madre. Entonces me ha mirado con unos ojos como platos y ha exclamado:

–¡¿Víctor aún es hijo?!

Sí, era hijo. Entonces no sabía que somos hijos hasta que nos hacemos padres. Ser hijo es un estado pasajero. Sin embargo, somos padres para siempre. Aunque nuestros hijos crezcan y sean –como deseamos– más fuertes y más sabios que nosotros. Aunque no nos necesiten. Somos padres para siempre.


Irene

Irene tenía cinco años. Hoy será doña Irene. Un día tuve que llevarla al centro de salud para que le curasen una brecha que se hizo en la frente. Yo creía que me moría del dolor que me causaba mirarla y ella me repetía “No me pasa nada”.

En clase teníamos un calendario que estudiábamos todos los días para apropiarnos de la secuencia temporal en la que transcurre nuestra vida: “Lunes, regamos las plantas”, “martes, tomamos el flúor”, “miércoles, hacemos psicomotricidad”, “jueves,…”. Un jueves Irene defendió vehementemente que no podía ser jueves:

–Mi tía come todos los jueves en mi casa. Hoy no ha venido a comer a casa. Es imposible –sentenció– que sea jueves.

¡Cuánta razón tenía Piaget!


Dice el tango que veinte años no son nada. Y no es cierto. En nuestro caso, veinticinco años son muchos sueños, risas, palabras, juegos, emociones, descubrimientos, esfuerzo, ilusión, ganas de querer ser mejores… Y por todo ello, y por lo que es imposible contar, hemos de felicitarnos.

[El colegio Público Hermanos Marx de Zaragoza ha cumplido 25 años. Ayer se presentó el libro del XXV aniversario, un libro bien pensado y muy bien desarrollado. Me pidieron un breve texto y escribí este].

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